martes, 6 de noviembre de 2012

DESPERDICIOS, Eugenia Rico



DESPERDICIOS
        
   Mi mujer dice que va a dejarme. Lo dice el lunes pero estamos a viernes y todavía no me ha dejado. Sólo ha dejado las maletas aparcadas en un rincón del vestíbulo. Yo quiero que hablemos. Ella quiere limpiar la casa. ¿Para qué quiere limpiar la casa si va a irse de todas formas? Estoy seguro de que lo de irse es un farol. Quiere ponerme nervioso. Estamos casados. Es un sacramento, no se puede ir de un día para otro. Se lo digo pero ella sigue limpiando.
   Al final tengo hambre, abro la nevera pero está vacía. Miro el cubo de la basura. No sé por qué lo hago, pero levanto la tapa del cubo de la basura y entonces las veo. Dos chuletas relucientes. Envueltas todavía en el brillante celofán. Intactas. Las contemplo. Las levanto como si fueran la sagrada hostia. Miro la fecha de caducidad. Está a punto de vencer pero todavía no ha vencido. Llamo a mi mujer. Le pregunto por qué ha tirado las chuletas a la basura. Huelen mal, dice. Las huelo. Huelen perfectamente. Ya no olían bien, repite ella. Pero a mí me huelen bien. Entonces suena un portazo y oigo a los niños que vuelven del colegio. Mamá, mamá, vienen gritando. Los llamo. Yo soy su padre y acuden. Les hago oler las chuletas. No quieren, les obligo. Huelen mal, dice el niño. No huele bien, papá, dice la niña.
   Me enfado mucho, cualquiera puede comprender que me enfade. Lo dicen por complacer a su madre. Harían cualquier cosa por su madre. Pero también tienen un padre. Yo soy su padre.
   Y por fortuna, su padre es médico. Gana un buen dinero sin el que mi mujer no podría vivir. Por eso es imposible que me deje. Yo no puedo dejar así este asunto de las chuletas. Mi consulta está justo debajo de mi casa. Cojo el teléfono y llamo ami ayudante. Es un chico joven y un poco asustadizo. Nos contempla muy serios a los cuatro. Mi mujer con los dos niños abrazados y yo levantando la bandeja con las chuletas como si fuera la Biblia. Es muy importante, le digo. Tienes que oler estas chuletas y decirme si están buenas o están pasadas. Mi ayudante sonríe. El sabe que no soy un hombre frívolo.
   Coge las chuletas y las huele con unción. Huelen fenomenal, me dice. Pues mi mujer quería tirarlas a la basura, para ella las cosas de comer no son algo sagrado sino que son desperdicios.
   ¿Puedo llevármelas?, dice mi ayudante, acabo de mudarme a vivir con mi novia y esta noche no tenemos nada para cenar.
   Mi mujer, los niños y yo le vemos alejarse con la bandeja de las chuletas. Va dejando tras de sí un aroma a colonia de Nenuco. Mi mujer y los niños se van y yo me quedo mirando el cubo de la basura abierto como si fuera todo lo que me queda en el mundo.
   Mi mujer dice que quiere dejarme. Lo dijo el lunes pero estamos a viernes y todavía no me ha dejado.
        
       EUGENIA RICO, El fin de la raza blanca, Páginas de Espuma, Madrid, 2012, p. 56.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué buen relato! Muy recomendable. Muchas gracias.