martes, 13 de noviembre de 2012

SEIS, Giorgio Manganelli

SEIS

   Un señor que sabe latín, pero ya no griego, pasea por casa y espera una llamada telefónica. En realidad, no sabe qué llamada telefónica espera, ni si se producirá. En el caso de que no se produzca ninguna llamada, ignora lo que eso significa. Espera sin duda llamadas de personas relacionadas, de manera íntima, con su vida. Algunas de esas llamadas le asustan. Sabe que es fácilmente vulnerable, y que está dispuesto a pagar un poco de silencio en monedas de sangre. Por motivos que no ha acabado de descifrar, tiene la sensación de ser objeto de intermitentes ataques de odio y de suspicacia, sentimientos que confieren a quien los experimenta una gran sensación de poder y que le empujan a utilizar el teléfono. Una vez recibió la llamada de un amigo al que había prestado dinero. Había prestado el dinero tres años antes, sin que nunca le fuera devuelto, pero esto había germinado un profundo odio. El amigo incluso había intentado golpearle. Otra vez había intentado cortar inútilmente una llamada llena de sollozos de una mujer abandonada que se había equivocado de número. Había iniciado con ella una relación telefónica, proseguida durante algunas semanas, hasta que desde el otro lado del teléfono le había respondido una voz desconocida, enfadada e inocente. No se había atrevido a llamar de nuevo. Ahora podría llamarle una mujer que él ama y que no se atreve a amarle si no es con largos intervalos de tortura, una mujer que él ama y que a su vez le ama, pero que está demasiado ocupada para darse cuenta de ello, una mujer que él no ama y que le ama, y que le halaga sin imponerle intolerables conflictos. En realidad, preferiría una llamada diferente, imprevisible, destinada a cambiar la imagen de una vida que no estima interesante, y sólo irritante. Recuerda que el amigo de un amigo le contó en cierta ocasión que había recibido una llamada del padre, muerto seis años atrás. Había sido una llamada brusca, ya que el padre siempre había tenido mal carácter, y al mismo tiempo breve y trivial. Tal vez era una burla. El señor que sabe latín preferiría no esperar llamadas; las llamadas preceden el mundo, son, en último término, la única prueba que se le concede de la existencia del mundo. Pero no de la suya.


GIORGIO MANGANELLI, Centuria. Cien novelas río, Anagrama, Barcelona, 1982.

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