martes, 23 de abril de 2013

CERVANTES, Antonio Mingote

CERVANTES
        
   Andaba don Miguel de Cervantes por la calle de las Huertas cuando se encontró con el eminente don Ginés de la Sobrevesta, quien le saludó, campechano:
   —¿De paseo el poeta, don Miguel?
   —Por descansar, eminencia, del tanto escribir en que me ocupo.
   —¿Un largo poema, tal vez?
   —Una especie de broma, podríamos decir.
   —En versos sumamente jocosos, supongo.
   —En prosa corriente al alcance de las más simples entendederas. Una burla de los libros de caballería y sus excesos.
   —No sé si conviene atacar a los libros. Los hay piadosos y edificantes a un tiempo.
   —Ya digo en alguna parte que no hay libro tan malo (incluso los piadosos) que no tenga algo bueno.
   —El respeto a la Iglesia que no falte en ése.
   —Hay en el mío un cura...
   —¿Autor de libros?
   —Más bien censor. Pero tan excelente sujeto que, junto a un barbero y un bachiller, capitanea el equipo capaz de los mayores trabajos y sacrificios por ayudar y socorrer a su amigo el raro caballero. Es mi libro, además, un canto a la amistad.
   —Ese caballero, por raro que sea, sabrá mostrar su gratitud, como manda la acrisolada nobleza y heroicidad de nuestros aristócratas.
   —Aparecen aristócratas en la novela, unos duques que, aunque al cabo bondadosos, se esfuerzan mayormente en gastarle tremendas bromas al loco caballero y a su escudero.
   —¿Loco decís, el caballero? ¡No se dará al libertinaje!
   —Cultiva el más limpio de los amores, el amor platónico.
   —Ya, ya... Bueno, pues nada, señor de Cervantes, siga usted bien y que Dios le acompañe.
   —Lo mismo deseo a vuestra excelencia.
  
   Siguieron ambos su camino.
   —Me temo —iba pensando don Ginés— que ese Cervantes está perpetrando una enorme estupidez. Pero en fin, en algo se ha de entretener el pobre mutilado...
        
                               
  ANTONIO MINGOTE, El caer de la breva, Planeta, Barcelona, 2010, páginas 142-143.

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