martes, 6 de marzo de 2012

RUTHIE, LA DE EDNA, Sandra Cisneros



RUTHIE, LA DE EDNA

   Ruthie, dama alta y delgaducha con carmín en los labios y pañolón azul en la cabeza, un calcetín azul y el otro verde porque se despisto, es la única adulta de las que conocemos a quien le gusta jugar. Saca a pasear a su perro Bobo y se ríe sola, esa Ruthie. No necesita reírse con nadie, simplemente se ríe. 
   Es la hija de Edna, la dueña del edificio grande de al lado, tres apartamentos, delante y detrás. Cada semana, Edna le grita a alguien y cada semana alguien tiene que mudarse. Una vez echó a una embarazada sólo porque tenía un pato, y encima era un pato bonito. Pero Ruthie vive allí y Edna no puede echarla porque Ruthie es su hija.
   Parece que Ruthie vino un día de ninguna parte. Ángel Vargas intentaba enseñarnos a silbar. Entonces oímos silbar a alguien, un silbido bonito, como el del ruiseñor del emperador, nos dimos la vuelta y allí estaba Ruthie.
   A veces vamos de compras y nos llevamos a Ruthie, pero nunca entra en las tiendas, y cuando entra se queda mirando alrededor suyo como un animal salvaje encerrado en una casa por primera vez.
   Le gustan los caramelos. Cuando vamos al colmado del señor Benny nos da dinero para que le compremos unos cuantos. Dice que nos aseguremos de que son de los, blandos porque le duelen las muelas. Luego promete que irá al dentista la semana que viene, pero cuando llega la semana que viene no va.
   Ruthie ve cosas adorables por todas partes. A veces le estoy contando un chiste y ella me interrumpe y dice: La Luna es bonita como un globo. O alguien está cantando y ella señala hacia unas nubes: Mira, Marlon Brando. O una esfinge que guiña un ojo. O mi zapato izquierdo.    
   Una vez vinieron de visita unos amigos de Edna y le preguntaron a Ruthie si quería ir con ellos a jugar al bingo. El coche tenia el motor en marcha y Ruthie estaba en la escalera pensando si iría. ¿Debo ir, mamá?, preguntó a la sombra gris que vigilaba detrás de la puerta-lámpara del segundo piso. Tanto me da, dice la puerta-mampara, ve si quieres. Ruthie miró al suelo. ¿Tú que piensas, mamá? Haz lo que quieras, ¿qué sé yo? Ruthie siguió mirando al suelo un rato. El coche espero quince minutos con el motor aún en marcha y luego se fueron. Aquella noche, cuando sacamos el mazo de cartas, dejamos que Ruthie repartiera.
   Ruthie podría haber sido muchas cosas si hubiese querido. No sólo sabe silbar bien, sino que también sabe cantar y bailar. Cuando era joven le ofrecían muchos trabajos, pero nunca los aceptó. En vez de eso, se casó y se mudó a una bonita casa fuera de la ciudad. Lo único que no entiendo es por que Ruthie vive en Mango Street si no le hace falta, por qué duerme en un sofá en el cuarto de estar de su madre cuando tiene una casa de verdad toda para ella; dice que sólo está de visita y que el próximo fin de semana volverá su marido para llevarla a casa. Pero los fines de semana vienen y se van y Ruthie se queda. No importa. Nos encanta porque es nuestra amiga.
   Me gusta enseñarle los libros que saco de la biblioteca. Los libros son maravillosos, dice Ruthie, y luego les pasa la mano por encima como si pudiera leerlos en Braille. Son maravillosos, maravillosos, pero yo ya no puedo leer. Me da dolor de cabeza. Tendré que ir al oculista la semana que viene. Yo antes escribía libros para niños, ¿nunca te lo he dicho?
   Un día me aprendí de memoria La morsa y el carpintero porque quería que Ruthie me escuchara. «El sol brillaba sobre el mar, brillaba con toda su intensidad...» Ruthie miraba al cielo y a ratos se le humedecían los ojos. Por fin llegué a las últimas lineas: «Pero no obtuvo respuesta, lo cual no era extraño porque se los habían comido a todos...» Ella estuvo mucho rato mirándome antes de abrir la boca y entonces, dijo: Tienes los dientes más bonitos que jamás he visto, y se fue para dentro.
         
         
SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, páginas 101-104.

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