miércoles, 8 de mayo de 2013

LOS OJOS ROBADOS , Mahi Binebine


LOS OJOS ROBADOS

   Partir, pero ¿por qué?
   Morad inspeccionó sus babuchas y me respondió:
   —Porque ya no veo mi ciudad.
   —¿Cómo es eso?
   —Los extranjeros me robaron los ojos.
   Después me miró fijamente, como para mostrar que su mirada estaba vacía de verdad. Sin un brillo de esperanza. Sin la menor ambición. Una mirada desengañada y vieja, privada de todo proyecto, de toda perspectiva.
   La escena tenía lugar en un café delante del consulado de Francia. La noche no había caído por completo y la calle estaba llena de un gentío compacto y agitado. Morad esperaba la hora en que se pondría ante el portal tachonado para hacer cola. Era su trabajo: cada noche se apostaba ante el hermoso edificio de arquitectura colonial y pasaba allí la noche; al día siguiente vendía su sitio a los solicitantes de visado. Los precios variaban según la longitud de la cola y las condiciones meteorológicas: los días de lluvia subían sensiblemente. Pero los negocios florecían sobre todo cuando se acercaban las vacaciones escolares. Si además estallaba una bomba, por pequeña que fuera, en algún lugar de Europa, entonces las plazas a la puerta del paraíso llegaban al máximo.
    Con sus ojos de vaca, Morad bebió un sorbo de té chasqueando la lengua y puso el vaso sobre la mesa pringosa y coja.
    —¿Cómo hicieron los extranjeros para robarte los ojos?
    —Desde que tenemos la parabólica en el tejado, sólo tenemos ojos para el otro mundo. Estamos, como quien dice, atrapados por la luz; cegados hasta el punto de que la medina nos parece ahora un gigantesco vertedero, un desecho de miseria y desolación.
    —Lo que se ve en la televisión no tiene por qué ser verdad.
    —Sin duda, pero no puede ser peor que esto.
    —¿,Y tú qué sabes?
    —Sólo pido ver.
    —Yo he vivido veinte años en París, y ya ves, estoy de vuelta. No me siento entero más que en casa.
    —¿Con qué derecho te permites entonces dar consejos? Tú bien que te has ido, ¿no? En tu lugar, yo no habría vuelto.
    Morad sonrió. Era bastante buen mozo. Facciones regulares, un poco negroides, y pelo negro cuidadosamente engominado.
    —¿Por qué haces cola para los demás?
    —Es mi manera de ganarme la vida.
    —Sí, pero podrías trabajar por tu cuenta.
    —Me han rechazado el visado tres veces. Estoy quemado. En cambio, he encontrado un trabajo. Y me va bastante bien. Puedo contarte en detalle la lista de documentos que hacen falta para el visado. Más aun, vendo toda clase de confidencias para obtener los papeles, contactos útiles para falsificarlos, en fin, el negocio...
    —Si eres tan eficiente, ¿por qué no te aprovechas tú mismo de ello?
    —¡Estoy quemado, ya te digo! Y además aquí me conoce todo el mundo. Así que he acabado por renunciar a irme. Ahora tengo la parabólica. Y vivir cerca del precioso documento me sienta bien. Quién sabe, quizás un día...
    —Es el suplicio de Tántalo.
    —¿Y eso qué es, una enfermedad?
    —No, una frustración.
    —Pero yo ya no sufro. Durante el día estoy en Europa o en América..., y por la noche mis sueños prolongan mis viajes. ¿Sabes que soy capaz de dormir de pie?
    —¿De pie?
    —Sí, incluso caminando. Dormir es un arte típico de este país. Desde la cuna nos insuflan una especie de letargo que, de adultos, nos permite proezas insensatas en cuestión de sueños.
    Al verme fruncir las cejas, Morad siguió con un tono más tranquilo:
    —El extranjero cree que estamos despiertos, pero es una engañifa. La mayoría de la gente está adormecida por un torpor raro. Están como separados del mundo.
    —¡Espera!, le digo, yo no me he caído de un guindo. He nacido aquí. Quizás haya pasado veinte años fuera del país, pero sigo siendo marroquí.
    —¡Veinte años! ¿Y por qué has vuelto?
    —Para recomponer los pedazos...
    Tras una pausa, soltó:
    —Al venir a sentarte a mi mesa, enseguida adiviné que estabas loco. Sobre todo no repitas lo que acabas de confiarme: te arriesgas a que te linchen.
     —¿Por qué crimen?, exclamé.
    —Todos los jóvenes que ves a nuestro alrededor sólo sueñan con una cosa: tomar el consulado al asalto. Algunos lo han intentado ya. Sólo Dios sabe dónde vegetan ahora. No podrían comprender un estropicio así.
    Morad enrolló un pitillo, lo encendió y me ofreció una calada. Lo acepté para no romper el diálogo. El seguía sonriendo al yerme aspirar el humo.
    Ahora que estás aquí sin que nadie te haya obligado, te va a hacer falta volver a aprender a dormir. Sobre todo te hace falta un par de babuchas para excluir cualquier tentación de velocidad; y una chilaba gruesa y cálida como la mía. ¡Mira qué confortable 1 Mi madre la tejió con sus manos. Con un invento así, ¡el sueño puede surgir en cualquier momento y en cualquier lugar! Hace falta imperativamente que te pongas al ritmo del país. Los suizos inventaron el reloj, y nosotros tenemos el tiempo. Y, sobre todo, tómatelo con calma, amigo. Los que tienen prisa están muertos. Hemos conseguido desarmar ala muerte. La hemos domesticado, diluyéndola en la apatía de nuestras pobres existencias. La consumimos en pequeñas dosis. Ya ves, estamos en un inmenso cementerio en el que cada cual transporta su propia tumba..., somos auténticas tortugas.
    Mientras que Morad hablaba, entreví como una luz en su mirada. Luego nada.
   Estaba avergonzado de haberme dormido en el café. Al abrir los ojos, vía lo lejos su chilaba amaranto; habría jurado que no había nadie dentro. Sin ninguna duda, era la suya, adosada al portal tachonado del consulado francés. Detrás se extendía una larga fila de aspirantes al paraíso; o al infierno, según se mire.

MAHI BINEBINE, Historias de Marrakech, Abada, Madrid, 2005, pp. 93-97.

Fotografía: Luis Asín

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